Por Eduardo Joel Espinoza Sosa *
Hay una frase memorable en la ficción que resuena con una verdad incómoda para nuestra profesión: «Los accidentes no les ocurren a las personas que los toman como un insulto personal». Fuera del drama cinematográfico (El Padrino), esta idea es la piedra angular de una mentalidad de élite en la gestión de riesgos.
En nuestro campo, el azar es un concepto inadmisible. Un profesional que atribuye una brecha de seguridad, una pérdida de inventario o un incidente de información a la «mala suerte», ha fallado antes de empezar la investigación. Adoptar la premisa del «insulto» es cambiar radicalmente la perspectiva: de una reacción pasiva ante un evento, a un escrutinio obsesivo de sus causas. Es entender que cada incidente es un síntoma de una falla sistémica que nos insulta por su misma existencia.
Pensemos en un ejemplo simple: el robo recurrente de herramientas en un taller de mantenimiento. La visión convencional lo podría tratar como «accidentes» aislados, producto de un descuido o de la deshonestidad individual. Se reacciona, se sanciona y se espera que no vuelva a ocurrir.
La visión profesional, la que asume el insulto, lo analiza como una ofensa a la integridad de todo el sistema de protección. No pregunta «quién fue», sino «por qué» nuestro sistema lo permitió. ¿Fallaron los controles de acceso? ¿Hay puntos ciegos en la vigilancia? ¿Son deficientes los procedimientos de inventario y resguardo? ¿La cultura de responsabilidad es tan débil que permite que estos actos ocurran sin consecuencias sociales?
Asumir cada incidente como un insulto personal nos obliga a ir más allá de los efectos para obsesionarnos con las causas. Nos fuerza a una diligencia implacable, a una auditoría constante de nuestros propios procesos y a una cultura donde la prevención no es una función, sino un valor supremo. Es la diferencia fundamental entre ser un administrador de consecuencias y un arquitecto de la resiliencia.
Dejemos el azar para los juegos de mesa. En la protección de activos, la única variable que debemos aceptar es nuestra propia diligencia. Un «accidente» no es más que el nombre que le damos a una falla que aún no hemos tenido el coraje de nombrar.

*Eduardo Joel Espinoza Sosa es originario de San Andrés Tuxtla, donde cursó sus estudios básicos hasta ingresar a la academia militar, donde hizo destacada carrera.
Actualmente es un profesional en Seguridad Corporativa y Gestión de Riesgos con más de 25 años de experiencia en entornos militares y corporativos. Posee sólidas habilidades de liderazgo, demostradas al haber tenido bajo su mando a equipos de hasta 100 personas y gestionar sistemas de seguridad integrales. Sus certificaciones CPP® y PMP®, junto con su formación en ingeniería, administración y auditoría en Sistema de Gestión Integrado (SGI), lo convierten en un activo estratégico para organizaciones que buscan minimizar riesgos y optimizar sus [email protected]