SIN MORDAZA La política del meme

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👉Hay algo que está cambiando —y muy rápido— en la forma en que se hace política en México y particularmente en nuestros municipios. Y no necesariamente para bien.

Columna SIN MORDAZA | La política del meme |

Por Viridiana Reyes Cruz.

Hoy vivimos la era de los políticos virales.

Los políticos del meme.

Los políticos influencers.

La política que antes se construía con estructura, territorio, organización y discurso, hoy muchas veces se mide con likes, shares y tendencias en TikTok.

Antes —nos guste o no— la política se aprendía caminando comunidades, organizando comités, construyendo liderazgos y debatiendo ideas. Había escuelas políticas, formación ideológica y, sobre todo, una comprensión real del poder público.

Hoy muchos creen que gobernar es tener un community manager creativo.

Y ojo: no estoy diciendo que la comunicación digital sea mala. Sería absurdo negarlo. Las redes sociales democratizaron la información, rompieron monopolios mediáticos y permitieron que muchas voces que antes no tenían espacio hoy puedan expresarse.

Eso es un avance.

Pero también trajeron consigo un problema enorme: la superficialidad.

Hoy un meme puede definir una narrativa política.

Un video de 30 segundos puede destruir una reputación.

Una mentira bien viralizada puede parecer verdad.

Y en ese terreno fértil han crecido nuevos actores: influencers que opinan de política sin entender la administración pública, páginas anónimas que operan campañas de desprestigio y políticos que prefieren grabar un reel antes que leer un presupuesto municipal.

La política se volvió espectáculo.

Mientras tanto, los problemas reales siguen ahí: inseguridad, servicios públicos deficientes, falta de planeación urbana, opacidad en el manejo de recursos.

Pero eso no se vuelve tendencia.

Porque no es divertido.

Porque no es viral.

Porque no cabe en un meme.

Aquí es donde entra el papel del periodismo.

El periodismo de investigación —ese que exige tiempo, datos, documentos y confrontar al poder— hoy parece estar quedando arrinconado en medio del ruido digital. No porque haya dejado de ser necesario, sino porque exige algo que hoy escasea: esfuerzo analítico y comprensión lectora.

Investigar implica revisar contratos.

Revisar cuentas públicas.

Analizar cotizaciones.

Seguir la pista de los proveedores de los ayuntamientos.

Implica revisar tabuladores de salarios, solicitar información pública, contrastar datos, descubrir nepotismos, conflictos de interés, autorentas o el uso de prestanombres para esconder negocios con recursos públicos.

Eso no cabe en un meme.

Eso no se explica en un video de 20 segundos.

Eso requiere contexto, paciencia y lectores dispuestos a pensar.

Pero en la lógica de las redes sociales, investigar no siempre es rentable en términos de atención. El algoritmo premia el escándalo inmediato, no el documento que demuestra cómo se mueve el dinero público.

Por eso vemos proliferar perfiles que se presentan como “analistas” o “creadores de contenido político”, pero cuyo trabajo se limita a entretener, opinar o repetir versiones sin investigar lo que hay detrás de la información que difunden.

El entretenimiento sustituye a la verificación.

El comentario fácil sustituye al dato.

Y así, poco a poco, la conversación pública se llena de ruido mientras la información relevante queda enterrada.

Regular las redes sociales es un terreno delicado. Nadie quiere censura. Nadie quiere un gobierno decidiendo qué se puede decir y qué no.

Pero tampoco podemos seguir normalizando la difamación organizada, la manipulación informativa y las granjas de bots operando impunemente para destruir adversarios políticos o fabricar reputaciones artificiales.

Libertad de expresión no es sinónimo de impunidad digital.

La política mexicana necesita recuperar algo que parece haberse extraviado entre filtros, hashtags y videos virales: la seriedad.

Porque gobernar no es hacer contenido.

Gobernar es tomar decisiones que afectan la vida de miles de personas.

Y para eso se necesita algo más que seguidores.

Se necesita preparación.

Se necesita carácter.

Y sobre todo, se necesita responsabilidad.

Hoy, en un ecosistema donde abundan influencers dedicados al entretenimiento político, cada vez quedamos menos periodistas dispuestos a hacer lo que siempre ha sido nuestra tarea: observar, analizar y después informar.

Porque investigar toma tiempo.

Cuestionar incomoda.

Y decir la verdad muchas veces no es popular.

Pero alguien tiene que hacerlo.

Desde esta trinchera, seguiremos observando, revisando documentos, preguntando lo que incomoda y poniendo los datos sobre la mesa.

Estaremos entregando información, no entretenimiento.

Porque el periodismo, cuando se ejerce con responsabilidad, no está para divertir.

Está para incomodar al poder.

Sin mordaza.

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